martes, 16 de enero de 2018

La paciencia (Tertuliano - XV)

Nadie dudará ya de la necesidad de la virtud de la paciencia y sus benéficos efectos en quien la adquiere; no dudará después de haber leído casi íntegra ya la enseñanza de Tertuliano (160-220) en su tratado sobre la virtud de la paciencia.

Su elogio es bien merecido; cuánto más ponderemos la paciencia, más la desearemos e intentaremos, sostenidos por la gracia, movidos por la gracia, adquirir la virtud que nos sostiene en la espera y engendra otras muchas virtudes.

Y si la paciencia de Dios es nuestra salvación, y Cristo nos dejó un ejemplo y modelo de paciencia en su pasión, nosotros adquiriendo la paciencia imitaremos aquello mismo que está en Dios y que nos lo mostró. Él es paciente, compasivo y misericordioso. Cristo, el Verbo hecho carne, es manso y humilde, de paciencia infinita. Y con la paciencia salvaremos nuestras almas.

La caridad, porque es paciente, lo aguanta todo, lo soporta todo, lo disculpa todo, porque siempre espera, y espera sin ser defraudada por Dios. Por eso la paciencia es una virtud auxiliar tan buena y saludable, ya que colabora al dinamismo entero de nuestro ser teologal (fe, esperanza y caridad).


domingo, 14 de enero de 2018

El sufrimiento del cristiano (León Bloy)

El sufrimiento es casi connatural al cristiano por dos razones:

a) debe poseer una conciencia más fina ante los fenómenos del espíritu, y por tanto, mayor sensibilidad y mejor capacidad de percepción para el sufrimiento que otros, sin embargo, no notarían apenas;

b) está llamado a compartir los dolores de Cristo en favor de su Cuerpo que es la Iglesia (cf. Col 1,24) y por tanto el sufrimiento, físico, moral o espiritual, es un ingrediente más para participar de la Redención.


Se puede sufrir, y mucho, cuando se ve el desamor de las almas hacia Dios o cuando se ven situaciones de pecado, o cuando se experimenta la oscuridad interior o el silencio de Dios...

Por eso, razón tenía León Bloy al escribir:

"Corre el dicho de que las gentes sin Dios sufren más que los otros. Eso debe ser un lugar común. Me parece, al contrario, que el sufrimiento profundo no puede ser conocido más que por los amigos de Dios. Los enemistados han de sufrir menos" (15-abril-1895).

viernes, 12 de enero de 2018

Una gran confianza, ilimitada (Palabras sobre la santidad - L)

«¡Toda mi esperanza estriba solo en tu gran misericordia!»: así exclamaba san Agustín y con toda razón (Conf. X,29,40).

Esa inmensa confianza en Dios es clave de bóveda de la santidad. No se confía en uno mismo, ni en sus propias posibilidades y compromisos, ni en las cualidades y dones personales. Todo eso es frágil, y a la larga, se revela inconsistente. Todo lo que se construya sobre uno mismo se puede derrumbar al primer viento contrario (cf. Mt 7), pero lo que se edifica en una firme Roca, Dios, se mantiene alto, inhiesto, imperecedero.



La santidad es una gran confianza en Dios, una esperanza absoluta y firme en Él, de que quiere y es capaz y me dará en su momento cuanto necesite.

Los santos poseen la nota común de la confianza en Dios, inquebrantable.

"Si estamos al servicio de Dios, nada nos debe infundir temor; la confianza es nuestra verdadera fuerza, la certeza –hasta el peligro a veces- de que la asistencia del Señor, positiva, amorosa es menos visible al observador profano, pero en el alma del santo es elemento principal de su fortaleza y de su grandeza" (PABLO VI, Discurso en la beatificación de Dom Luis Guanella, 25-octubre-1964).

miércoles, 10 de enero de 2018

La esencia del cristianismo



            ¡Qué cierto es que a veces las ramas no dejan ver todo el bosque! Es muy fácil perder una visión de conjunto que sitúe ante las cosas y detenernos en aspectos parciales o incluso periféricos. ¿Qué es el cristianismo? ¿Qué es ser católico? ¡Cuántas respuestas distintas, opuestas entre sí, incluso extravagantes, tendríamos que oír si formulásemos esa pregunta! Sin embargo, ahí es donde se juega el todo. Porque... tal vez, puede sólo que tal vez, estemos despistados.



Si os parece, hay un concepto que expresa muy bien lo que andamos buscando e intentamos hoy definir: la esencia del cristianismo. Retornemos a la esencia del cristianismo: ¡DIOS ES AMOR!, y, como dice San Juan, “nosotros hemos conocido el amor que Dios nos tiene y hemos creído en Él”. Dios nos ha amado primero y nosotros sólo podemos acoger y corresponder a ese amor “inaudito”. Esto es lo que corresponde al deseo más profundo del corazón humano, capaz de infinito, capaz de Dios (capax Dei): ser amado gratuita y totalmente.

            Un párrafo magistral de la encíclica Deus caritas est de Benedicto XVI apunta a esta realidad: 


““Hemos creído en el amor de Dios”: así puede expresar el cristiano la opción fundamental de su vida. No se comienza a ser cristiano por una decisión ética o una gran idea, sino por el encuentro con un acontecimiento, con una Persona, que da un nuevo horizonte a la vida y, con ello, una orientación decisiva” (n. 1).


El cristianismo no es una ética para un comportamiento social virtuoso, ni una ideología al servicio de ningún poder político, ni una filosofía que muestre y señale unos razonamientos, ni el conjunto de unas costumbres configuradoras de una cultura, pero vacías hoy de contenido vital o impacto social, tradiciones y costumbres a las que a veces no les vemos el sentido original-cristiano por las que nacieron: el cristianismo es el encuentro con la persona de Jesucristo.

miércoles, 3 de enero de 2018

La humildad de Cristo y la nuestra

Las consideraciones de san Bernardo nos llevan a mirar la humildad de Cristo y confrontarla con la nuestra. Nuestra humildad es distinta, no es voluntaria, sino que brota de nuestra misma naturaleza. La de Él, por el contrario, fue asumida libremente.

La humildad de Cristo es ejemplo, modelo y gracia para nosotros. Imitemos al buen Jesús.


Además, llegaremos a un punto fundamental, interesante, sugerente: la humildad verdadera no es sólo la del conocimiento, la que proviene de la verdad que se nos muestra y choca con nosotros, o la de las humillaciones... sino la humildad del amor.

¿De qué forma y cómo? Leamos.

"Las dos humildades

Excluyendo en efecto toda duplicidad, la humildad conlleva para san Bernardo una dualidad. Hay una humildad del conocimiento y una humildad del corazón. "Por la primera, conocemos que no somos nada, y ésta la aprendemos por nosotros mismos, y por nuestra propia debilidad; por la segunda, pisoteamos la gloria del mundo, y ésta la aprendemos de aquel que se vació a sí mismo, tomando la forma de esclavo". Sólo la humildad cordial, la humildad que toca el corazón y que lo toca hasta inflamarlo, es la humildad cristiana. Esta distinción de una humildad de conocimiento y de una humildad del afecto (cognitionis, affectionis) no significa la oposición de una razón sin afecto y de un afecto sin razón. Una y otra de estas dos humildades pueden denominarse en términos de afección o en términos de verdad: la humildad triste se opone a la humildad alegre, la humildad provocada por una verdad que, a pesar de nosotros y de mala gana,  debemos reconocer, a la humildad que toma sobre esta verdad de buen grado y con buen corazón en un movimiento de amor.