sábado, 24 de junio de 2017

El primado de la gracia (Palabras sobre la santidad - XL)

Tal vez, llevados por un ingenuo optimismo y confianza en la bondad de la naturaleza humana, olvidando o relegando al silencio el pecado original y la concupiscencia, que han dejado herido al hombre, debilitado, se ha querido presentar el cristianismo y su expresión máxima, la santidad, como el esfuerzo interior de la persona que se compromete con Cristo, que le sigue, que toma conciencia de unos valores y que lucha.

Al final, olvidando la trama del tejido humano, tan compleja, parecería que la santidad se adquiere y se vive por un mero esfuerzo, un compromiso consciente, y uno se hace santo a sí mismo: la santidad sería un producto humano de hombres comprometidos, fuertes, esforzados. Luego Dios vendría, simplemente, a reconocer esa santidad que uno ha logrado sin necesitar para nada al Señor.

¿Pero esa visión es cristiana?

¿Es eso correcto, es así, es acaso cierto?


viernes, 23 de junio de 2017

Amando como Cristo nos amó (y II)




Para amar, caminar juntos

            El amor hace que se camine en unidad, juntos hacia una misma meta: la santidad. El amor hace que se camine juntos (en amistad, en fraternidad, en matrimonio) hacia una misma dirección. ¿Y cómo se va caminando juntos?

*         Sentirse uno seguro de sí mismo sin mirar al otro como a un rival o un oponente, sino como compañeros, mutua ayuda. El bien o el éxito del otro es una alegría sincera para el que ama. “Tened sentimientos de humildad unos con otros” (1P 5,1), y, “nada por rivalidad ni por vanagloria, sino todo con humildad... no buscando el propio interés” Flp 2,3ss).

*         El amor verdadero, como siempre está pendiente del otro para servirle, para ayudarle, al caminar juntos, quita las posibles piedras y evita tropiezos. Quiere que el otro haga el camino –la vida misma- lo más agradable y cómodamente posible. Se camina juntos -¡se es uno!- allanando los caminos. Al Señor se le preparan los caminos (“Preparad el camino del Señor, allanad sus senderos”, Mc 1,3), y al mismo tiempo se le sigue (“Sígueme”, Mc 2,14), sabiendo que Él camina junto a cada uno: “nada temo, porque tú vas conmigo” (Sal 22). Es así como el Señor nos enseña a amar, compartiendo y caminando juntos.

*         El amor verdadero, caminando con el otro, irá respetando y reconociendo los carismas personales, los valores, apreciándolos y estimulando (el amor jamás ve al otro como un rival); “tened entre vosotros intenso amor, pues el amor cubre multitud de pecados... Que cada cual ponga al servicio de los demás la gracia que ha recibido (1P 4,8.10).
A medida que caminan juntos más se aman, más se ayudan, más se potencia lo bueno de la persona a la que se ama. El que ama hace que el otro “consiga ser mejor persona”. Y compartiendo esa complementariedad, el amor “se hace fuerte como la muerte” (Cant 8,6).

Para amar, saber hacerse presente

            Ilumina mucho una estrofa del Cántico espiritual de S. Juan de la Cruz:

            “mira que la dolencia
            de amor no se cura
            sino con la presencia y la figura”.

            El que ama “está presente”, se “hace presente” en la vida del otro. Los pequeños detalles lo permiten. ¿Cómo podríamos expresar ese “estar presente”?

miércoles, 21 de junio de 2017

Espiritualidad de la adoración (XXII)

Lejos de un intimismo conformista, o de un refugio acomodado, en el que adormecer la conciencia, la adoración eucarística tanto en la celebración como en el culto eucarístico fuera de la misa, despierta, impulsa y envía. Es un revulsivo que conmueve el dinamismo personal ante la Presencia misma del Señor, ya que para Él nada hay oculto. Desvelando nuestro interior, lo purifica y sanea, y una vez limpiado el interior, envía al mundo.

Cuando la adoración eucarística es sincera, reposada, sin atarnos a los libros de meditación o un recitar apresurado de fórmulas, sino sosegando el corazón para que mire a Cristo, inevitablemente su Presencia hace que aflore la conciencia y salgan a la luz, no sólo las debilidades, sino los ídolos a los que hemos inmolado ya sea la inteligencia, ya sea el afecto. La libertad la hemos atado, y sin embargo, Cristo nos ha hecho libres para vivir en libertad (cf. Gal 5,1).

Su Presencia en el Sacramento descubre la idolatría del corazón, rompe las cadenas, y con su gracia, se destruyen esos ídolos tan grandes pero con pies de barro. La libertad viene de Cristo y la adoración eucarística permite crecer en la libertad de los hijos de Dios.


martes, 20 de junio de 2017

Misterio de fe, la Eucaristía

La grandeza del Misterio de la Eucaristía, del Cuerpo y Sangre de Cristo, del sacrificio eucarístico, del banquete pascual del Señor, nos deben conducir una y otra vez a su adoración así como a una renovada comprensión del Misterio. En él está nuestra vida, de la Eucaristía vivimos.


                "Recemos para que las palabras pascuales de Cristo sean tan vivas y operantes en nuestras almas que las hagan partícipes de los misterios que encerró en ellas no sólo para que las recordásemos eternamente, sino para que de ellas derivase en  nosotros comunión.

                …Las palabras que Él pronunció son éstas: “Tomad y comed. Esto es mi cuerpo, que se entrega por vosotros. Haced esto en memoria mía” (1Co 11,24-25). ¡Qué breves, qué densas, qué sencillas, qué profundas son estas palabras! Quisiéramos darnos cuenta enseguida de su sentido inmediato: son palabras que transforman, quisiéramos también darnos cuenta de su sentido intencional: son palabras de invitación a tomar parte en el banquete del Señor, para el cual Él ha preparado un alimento sorprendente, casi desconcertante: su Cuerpo, su Sangre; es decir, Él mismo. 

Pero ¿qué significa un banquete donde se ofrecen semejante alimento y semejante bebida y donde se realiza semejante presencia, sino la oblación de una víctima, de un sacrificio? 

Pero ¿cómo podemos hacernos idea, aunque sea simbólica, de una realidad tan inaudita? 

Amando como Cristo nos amó (I)



   
         En la escuela del Corazón de Cristo, aprendemos a amar. ¿Quién va a entender estas catequesis; quién querrá hacerlas suyas? Me remito a San Agustín que decía al predicar sobre el amor cristiano:

“Dame un corazón que ame y sentirá lo que digo... Dame un corazón que desee y tenga hambre; dame un corazón que se mire como desterrado, y que tenga sed, y que suspire por la fuente de la patria eterna; dame un corazón así, y éste se dará cuenta perfecta de lo que estoy diciendo; mas si hablo con un corazón helado [gélido, frío], este tal no comprenderá mi lenguaje” (In Io. Ev. 26,4).   

Escucha, aplica los sentidos de tu alma y vayamos juntos a la escuela del Corazón de Cristo, pues discípulos suyos somos, oyentes de sus enseñanzas, imitando el modelo que vemos en Él.

Para amar, descubrir la belleza del corazón del otro
           
-          El amor verdadero se fija en la persona misma y no en lo exterior. El amor genuino mira con los ojos del corazón y sabe descubrir la belleza interior de la persona que otros, a lo mejor, no ven ni saben barruntar. Y porque ama y ve lo bueno y verdadero del otro, lo valora y lo va sacando a la luz. El Señor “no se fija en las apariencias, sino que mira el corazón” (1S 16,7). El cristiano, amando y por amor, valorará “todo lo que es justo, puro, amable, laudable, todo lo que es virtud o mérito” (Flp 4,8).

-          Cada persona, por su imagen y semejanza de Dios, tiene una infinita capacidad de amar, pero acomodada al ser y temperamento personal, porque cada persona es única. La paciencia, también en esto, significa respetar, reconocer y aceptar estas dificultades, hacer un rodaje juntos donde su pulen las aristas, aprendiendo de “la paciencia de Dios que es nuestra salvación” (2P 3,15); así el amor “espera sin límites, disculpa sin límites” (1Co 13,7) y aprende a “sobrellevarse unos a otros por amor” (cf. Col 3,13).