domingo, 17 de septiembre de 2017

El altar y el corazón

Cuando en la iglesia vemos el honor que merece el altar, debemos elevar los pensamientos.

El altar es revestido de manteles, con flores y cirios; se venera con una inclinación profunda cada vez que se pasa delante de él; el sacerdote lo besa.


Es una Mesa santa, el ara del sacrificio, el signo de Cristo, roca de la Iglesia, piedra angular.

Es el símbolo de la Mesa celestial, allá donde Cristo invita a todos los que quieran acudir, con el traje de bodas, a las nupcias del Cordero y la Iglesia.

Al ver en la iglesia el altar, hemos de pensar también en aquel altar interior, el propio corazón, que debe ofrecer sacrificios y holocaustos de alabanza al Señor.

viernes, 15 de septiembre de 2017

Orientar sobrenaturalmente un nuevo curso (I)

Cada día, la Iglesia reza solemnemente tres veces el Padrenuestro: en el Oficio de Laudes y de Vísperas y en la Misa cotidiana. En esa oración, la oración dominical, se encuentra un compendio de todo el evangelio, una síntesis, hecha oración, de las enseñanzas de nuestro Salvador.

Así oramos diciendo: "venga a nosotros tu reino", pero esta petición implica también una disponibilidad, un compromiso, una responsabilidad y un trabajo personal.

Al profundizar en esta petición, de la mano del teólogo Jean Galot, podríamos reorientar nuestro trabajo y nuestra disponibilidad en el comienzo de un nuevo curso, donde todo empieza a adquirir su ritmo y monotonía tras el período de vacaciones. El trabajo, que es nuestro lugar ordinario de santificación, debe recibir una impronta sobrenatural, y realizarse con una visión de fe.

¡Venga a nosotros tu reino!


"A esta esperanza orientada hacia la ilusión de un paraíso terrenal, Jesús responde con el anuncio de la venida del reinado espiritual. El Espíritu Santo descenderá sobre los discípulos y los convertirá en testigos (cf. Hch 1,8). Con ello se nos da el sentido auténtico de este reino, según se contempla en la propia petición del Padrenuestro: "Venga tu reino".

martes, 12 de septiembre de 2017

La oración es ejercicio de fe

La vida de oración es un constante ejercicio de fe y de una fe que se va purificando para buscar no ya los consuelos y gustos de Dios, sino buscar sólo al Dios de los consuelos, muchas veces en oscuridad.

La fe necesita ser purificada de muchas adherencias y limitaciones por nuestros pecados, para ser una fe reciamente teologal, que únicamente busque a Dios y lo obedezca. Las distintas purificaciones a las que hay que ser sometidos tienden a una fe que busca a Dios "aunque es de noche", una oración que sólo tiene la luz de la fe, la luz que guía.

La oración es un ejercicio de fe teologal que pone en juego cuanto somos (memoria, inteligencia, voluntad) sin detenerse en las flores del camino (los gustos, las luces, el sabor, el consuelo) sino yendo derechamente a Dios por Dios mismo.

Sin este ejercicio, la oración se puede convertir en un refugio egoísta, sentimental, y la fe quedaría siempre pequeña, infantil, expuesta a muchos peligros, entre ellos, el de no entender el Misterio de Dios y derrumbarse ante la perspectiva de cualquier cruz que se presente o se ponga en nuestros hombros.

Muchas supuestas crisis de fe han sido antes crisis de oración, de una oración rutinaria, insuficiente, que no han entrado en el Misterio y abrazado la Cruz, sino que se han consolado, pidiendo favores, sin atención amorosa a Dios.

La fe crece cuando crece la oración. Y ésta, a su vez, es un ejercicio de fe, necesario, imprescindible.

"...en la fe...

Solamente, en nuestro compuesto humano de bautizado, la gracia nos permite entrar en comunión con Dios por la fe ["la fe es el próximo y proporcionado medio al entendimiento para que el alma pueda llegar a la divina unión de amor", S. Juan de la Cruz, 2S 9]. Por lo demás, ya que la oración es un intercambio de amor, hay una doble actividad, la de Dios y la del hombre. Pero si es evidente que la más importante es la de Dios, la nuestra es la primera. ¿En qué consiste? Con la "ayuda general de Dios", o gracia actual, consiste en hacer un acto de fe. La "fides ex auditu" de san Pablo nos lleva a decir que la catequesis es una condición previa necesaria, y que las tres actividades, sensible, intelectual y sobrenatural, son indispensables, pero que únicamente, según la afirmación de san Juan de la Cruz, "la fe nos da y comunica al mismo Dios" (CB 12,4).

sábado, 9 de septiembre de 2017

Espiritualidad de la adoración (XXV)

Una sencilla palabra sobre la adoración eucarística, con tal de que la comprendamos mejor, la vivimos amorosamente, la propaguemos fervientemente.


"Un tercer elemento, que de manera cada vez más natural y central forma parte de las Jornadas Mundiales de la Juventud, y de la espiritualidad que proviene de ellas, es la adoración. Fue inolvidable para mí, durante mi viaje en el Reino Unido, el momento en Hyde Park, en que decenas de miles de personas, en su mayoría jóvenes, respondieron con un intenso silencio a la presencia del Señor en el Santísimo Sacramento, adorándolo. Lo mismo sucedió, de modo más reducido, en Zagreb, y de nuevo en Madrid, tras el temporal que amenazaba con estropear todo el encuentro nocturno, al no funcionar los micrófonos. 

Dios es omnipresente, sí. Pero la presencia corpórea de Cristo resucitado es otra cosa, algo nuevo. El Resucitado viene en medio de nosotros. Y entonces no podemos sino decir con el apóstol Tomás: «Señor mío y Dios mío». La adoración es ante todo un acto de fe: el acto de fe como tal. Dios no es una hipótesis cualquiera, posible o imposible, sobre el origen del universo. Él está allí. Y si él está presente, yo me inclino ante él. Entonces, razón, voluntad y corazón se abren hacia él, a partir de él. En Cristo resucitado está presente el Dios que se ha hecho hombre, que sufrió por nosotros porque nos ama. Entramos en esta certeza del amor corpóreo de Dios por nosotros, y lo hacemos amando con él. Esto es adoración, y esto marcará después mi vida. Sólo así puedo celebrar también la Eucaristía de modo adecuado y recibir rectamente el Cuerpo del Señor" (Benedicto XVI, Disc. a la Curia romana, 22-diciembre-2011).

lunes, 4 de septiembre de 2017

La paciencia (Tertuliano - IX)

La paciencia, virtud sumamente necesaria, modera en nosotros el miedo ante la muerte, la perspectiva de la misma muerte -siempre terrible- y el dolor hondo cuando se rompen los hilos del afecto con aquellos a los que estábamos unidos y la muerte nos los arrebató.


La muerte, al no ser definitiva, ni victoriosa, es vencida con paciencia, hasta que, por pura gracia, si hemos vivido en santidad y justicia, podamos gozar de la vida eterna, de la resurrección de la carne y del reencuentro feliz con todos los santos en el cielo.

Sin paciencia, la muerte es demasiado angustiosa y la vida se convierte en una carrera sin freno para apurarla ante el temor de que después no hay nada más.