sábado, 31 de julio de 2010

Conceptos claros: ¿Cómo responder al secularismo? (IV)


Ante la situación del secularismo y la secularización, se plantean interrogantes varios. ¿Se puede construir un mundo sin Dios? ¿Puede haber un humanismo auténtico que no sea cristiano? ¿Sin Dios, el hombre es más hombre, más pleno, más auténtico? Y el segundo interrogante es la postura ante esta secularización, ya que algunos la ven muy positivamente para reforzar y purificar la fe de los creyentes, eso sí, esperando una Iglesia de minorías, de selectos convencidos y comprometidos, donde los pequeños con su fe sencilla, apenas tienen lugar.

Pablo VI formulaba así estos interrogantes: “En todo caso, se nos presenta con fuerza una doble pregunta: ¿Es posible fundamentar un humanismo auténtico partiendo de perspectivas prácticamente ateas, es decir, de un mundo desacralizado y secularizado, sin referencia a Dios, aun dejando en pie la posibilidad de que quienes quieran y puedan, reconozcan un Dios trascendente y personal? ¿Es deseable, por otra parte, llegar hasta ahí en el proceso de secularización, para purificar y revalorizar, como dicen, la fe de los creyentes?” (Discurso al Secretariado para los no-creyentes, 18-marzo-1971).


El primer punto es el humanismo, o mejor, el del falso humanismo reinante frente al humanismo cristiano. “A la primera pregunta, la respuesta, en el plano práctico, no es tal vez muy fácil, y sin duda es preciso desconfiar de una apologética demasiado sencilla, de acuerdo con la tesis de que, como se ha dicho con frase lapidaria, “un pueblo se deshumaniza a medida que se descristianiza”; y sin Dios todo va a la deriva en el plano humano: la verdad, el bien, el respeto a las personas, su felicidad, su esperanza.


Y, sin embargo, después de haber asistido durante más de un siglo a los estremecedores esfuerzos de diversos humanismos ateos, ¿no se advierte efectivamente que lo que ahora parece mal asegurado es el sentido del hombre, hasta el punto de que algunos no se atreven ya a hablar de humanismo? En todo caso, para nosotros creyentes no es dudosa esta convicción: un humanismo errado, que excluye a Dios, tarde o temprano acabará por revelarse inhumano.


¿Por qué? Porque Dios sigue siendo la fuente y el término de los valores supremos, sin los que el hombre no puede vivir. Porque las realidades del pecado y de la muerte, y los interrogantes que suscitan en cada hombre lo mismo que en la historia, no obtienen la solución radical y definitiva fuera de la fe”.


Sobre el humanismo cristiano encontramos unas preciosas definiciones en la encíclica Populorum progressio, de Pablo VI, citando a su vez al gran Henri de Lubac en su obra, siempre recomendable, “El drama del humanismo ateo”. Así decía Pablo VI en esta encíclica, tan alabada por Benedicto XVI en la Caritas in veritate: “Es un humanismo pleno el que hay que promover. ¿Qué quiere decir esto sino el desarrollo integral de todo hombre y de todos los hombres? Un humanismo cerrado, impenetrable a los valores del espíritu y a Dios, que es la fuente de ellos, podría aparentemente triunfar. Ciertamente el hombre puede organizar la tierra sin Dios, pero «al fin y al cabo, sin Dios no puede menos de organizarla contra el hombre. El humanismo exclusivo es un humanismo inhumano»[De Lubac]. No hay, pues, más que un humanismo verdadero que se abre a lo Absoluto, en el reconocimiento de una vocación, que da la idea verdadera de la vida humana. Lejos de ser norma última de los valores, el hombre no se realiza a sí mismo si no es superándose. Según la tan acertada expresión de Pascal: «el hombre supera infinitamente al hombre»” (n. 42).

La segunda idea que hay que analizar es la propuesta de que el secularismo es bueno porque así purifica y refuerza la fe. Se ve beneficioso el secularismo en sí mismo pese a su agresividad indisimulada a la trascendencia, a la fe, al catolicismo. Piensan que así el cristianismo se limpia de las adherencias de otros tiempos, de la Tradición, y se adaptará, con una fe más pura, al mundo actual.

“Y volvemos a encontrar aquí la segunda pregunta que nos habíamos hecho: una secularización radical de la sociedad, al hacer la fe menos sociológica, ¿hay esperanza de que la haga más pura, más consciente, más responsable? Estamos absolutamente convencidos de que no.


Ante todo, es un hecho histórico que semejante secularización se ha desarrollado en oposición con el cristianismo. Pero es preciso añadir además: la secularización, en sí misma, junto a la distinción legítima y necesaria entre las realidades terrestres y el reino de Dios, acentúa de hecho con todo su peso el sentido del inmanentismo y del antropocentrismo, al que no puede reducirse la fe cristiana.


En la práctica, una secularización radical, despojando a la ciudad humana de la referencia a Dios y de los signos de su presencia, vaciando los proyectos humanos de toda búsqueda de Dios, suprimiendo las instituciones propiamente religiosas, crea un clima de ausencia de Dios. Si eso puede ser una suerte para la maduración religiosa de alguna élite, es ante todo, de hecho, un terreno fértil para el ateísmo en todos aquellos –y serán siempre la mayoría- que tienen una fe débil, que sobrevive mal sin apoyos exteriores. Para admirarse de esto habría que desdeñar la naturaleza del hombre y su necesaria expresión social”.


Privatizar la fe, dejarla sin expresiones visibles, desencarnarla del ámbito social y cultural, es siempre una pérdida de la fe misma, haciéndola insignificante –sin relieve-. 

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