sábado, 5 de diciembre de 2009

Educar para la liturgia VII: el coloquio interior y la misión


"A la Santa [sigue con el ejemplo de Santa Teresa de Jesús] le parecía necesario que aquí suceda lo que en tiempo de guerra.

“Hame parecido es menester como cuando los enemigos en tiempo de guerra han corrido toda la tierra y viéndose el Señor de ella apretado, se recoge a una ciudad que hace muy bien fortalecer, y desde allí acaece algunas veces dar en los contrarios, y ser tales los que están en la ciudad, como es gente escogida, que pueden más ellos a solas que con muchos soldados, si eran cobardes, pudieron, y muchas veces se gana de esta manera victoria... Mas, ¿para qué he dicho esto? Para que entendáis, hermanas mías, que lo que hemos de pedir a Dios es que en este castillo que hay ya de buenos cristianos, no se nos vaya ya ningunos con los contrarios, y a los capitanes de este castillo o ciudad los haga muy aventajados en los caminos del Señor, pues son los predicadores y teólogos. Y pues los más están en las religiones, que vayan muy adelante en su perfección y llamamiento, que es muy necesario... ¡Buenos quedarían los soldados sin capitanes!; han de vivir entre los hombres y tratar con los hombres y estar en los palacios y aún hacerse algunas veces con ellos en lo exterior. ¿Pensáis, hijas mías, que es menester poco para tratar con el mundo y vivir en el mundo y tratar negocios del mundo... y ser en lo exterior extraños del mundo... y, en fin, no ser hombres sino ángeles? Porque, a no ser esto así, ni merecen nombre de capitanes, ni permita el Señor salgan de sus celdas, que más daño harán que provecho; porque no es ahora tiempo de ver imperfecciones en los que han de enseñar. Y si en lo interior no están fortalecidos en entender lo mucho que va en tenerlo todo debajo de los pies y estar desasidos de las cosas que se acaban y asidos a las eternas, por mucho que lo quieran encubrir, han de dar señal. Pues ¿con quien lo han sino con el mundo? No hayan miedo se lo perdone, ni que ninguna imperfección dejen de entender. Cosas buenas, muchas se les pasarán por alto, y aún por ventura no las tendrán por tales; mas mala o imperfecta, no hayan miedo. Ahora yo me espanto quién los muestra la perfección, no para guardarla, que de esto ninguna obligación les parece tienen..., sino para condenar, y a las veces lo que es virtud les parece regalo. Así que no penséis es menester poco favor de Dios para esta gran batalla adonde se meten, sino grandísimo... Así que os pido, por amor del Señor, pidáis a su Majestad nos oiga en esto. Yo, aunque miserable, lo pido a su Majestad, pues es para gloria suya y bien de su Iglesia, que aquí van mis deseos... Vean las que vinieren que teniendo santo prelado lo serán las súbditas, y como cosa tan importante ponedla siempre delante del Señor; y cuando vuestras oraciones y deseos y disciplinas y ayunos no se emplearen por esto que he dicho, pensad que no hacéis ni cumplís el fin para que aquí os juntó el Señor” (Camino de perfección, Cap. 3).

¿Qué es lo que proporcionó a esa religiosa, que había vivido en oración desde hacía decenios en una celda conventual, el ardiente deseo de hacer algo por la causa de la Iglesia y una mirada aguda para las necesidades y exigencias de su tiempo? Precisamente el hecho de haber vivido en oración, de haberse dejado llevar por el Señor cada vez más profundamente a las moradas interiores del castillo del alma, hasta esa última donde Él podía decirte “...que era ya tiempo de que sus cosas tomase ella por suyas y Él tendría cuidado de las suyas, y otras palabras que son más para sentir que para decir” (Morada 7, 2, 1). Por eso no podía ella sino ocuparse con diligencia de las cosas del Señor, el Dios de los ejércitos. (Palabras de nuestro Santo Padre Elías que fueron tomadas como lema en el escudo de nuestra orden). Quien se entrega incondicionalmente al Señor es elegido como instrumento para construir su Reino. Sólo Dios sabe de cuán gran ayuda fueron las oraciones de Santa Teresa y de sus hijas para evitar el cisma de la fe en España, y qué poder increíble desarrolló esa oración en las luchas de fe en Francia, Holanda y Alemania.

La historia oficial no menciona esos poderes invisibles e inquebrantables, pero la confianza de los pueblos creyentes y el examinante y cuidadoso juicio de la Iglesia les conocen perfectamente. Y nuestra época se ve cada vez más obligada, cuando todo fracasa, a esperar de esa fuente escondida la última salvación".

(Edith Stein, La oración de la Iglesia).

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